Cuando ocurre un aluvión como el de San Carlos de Apoquindo, la discusión se concentra casi de inmediato en la alerta. Que si el mensaje SAE llegó, que si llegó a tiempo, que si alcanzó a todos. Es una pregunta legítima, pero apunta al final del proceso. Lo conversé en CNN Chile, y conviene separar los tres momentos de una emergencia como esta: lo que se hace antes, el mensaje de alerta, y la respuesta cuando el agua ya baja.
El mensaje SAE: para qué sirve y qué no puede hacer
El Sistema de Alerta de Emergencia es una herramienta potente, pero limitada. Sirve para avisarle a la población de una zona definida que tiene que actuar ahora, evacuar, alejarse de un cauce, buscar un lugar seguro. No reemplaza lo que no se hizo antes. Un mensaje no detiene el flujo ni encauza una quebrada, y no saca a nadie de una zona que no debió habitarse. Su utilidad depende de dos cosas: que exista una observación de la amenaza lo bastante buena para disparar la alerta con tiempo, y que la gente sepa qué hacer cuando la recibe. Discutir solo si el mensaje salió o no salió deja fuera una pregunta más incómoda, que es qué tan preparada estaba la cuenca para lo que venía.
Las medidas que se toman antes de la primera gota
Un aluvión se enfrenta con decisiones que se toman años antes. Las obras de mitigación en las quebradas del piedemonte, las piscinas decantadoras, las barreras, el encauzamiento y la mantención de los cauces son lo que separa una crecida de un desastre. Están identificadas en los estudios, y lo que suele faltar es ejecutarlas al ritmo que exige la amenaza. A eso se suma el ordenamiento del territorio, porque el conocimiento del peligro de remoción en masa tiene que llegar a las decisiones de uso de suelo. La medida más barata y la que más vidas salva es también la más incómoda, que es no ocupar la zona de riesgo o condicionar fuerte lo que se construye en ella. Y está la brecha de monitoreo, que condiciona todo lo demás, porque sin una buena observación de cuánta agua va a caer y en cuánto tiempo, la alerta llega siempre reaccionando y no anticipando. Lo desarrollé con más detalle en este análisis sobre la prevención de aluviones en el sector oriente de Santiago.
La respuesta cuando el agua ya baja
Una vez declarada la emergencia, lo que se ve en terreno es el resultado de cuánto se preparó la coordinación antes. La respuesta no se improvisa. Depende de que los municipios, SENAPRED, Bomberos y los servicios tengan roles claros, recursos dispuestos y un plan que se haya ejercitado. Cuando esa coordinación funciona, las horas siguientes al evento sirven para rescatar, despejar y asistir. Cuando no, se pierde tiempo, y en una emergencia el tiempo perdido no se recupera.
La cadena completa, no el último eslabón
La alerta cierra una cadena que empieza con la prevención y sigue con la preparación de la respuesta. Si esa cadena está débil, ninguna alerta alcanza a compensarla. Lo que mantiene esa cadena unida es un plan de reducción del riesgo de desastres bien hecho, el instrumento que define con anticipación qué se hace, quién lo hace y con qué recursos. Sin ese plan, cada pieza queda suelta y la emergencia nos encuentra improvisando. Por eso, cada vez que un desastre nos devuelve a la discusión del mensaje SAE, conviene hacerse una pregunta antes. Qué hicimos, durante los años de calma, para que ese mensaje no tuviera que ser lo único que nos protegiera.
Sobre el instrumento que debería recoger todo esto y transformarlo en decisiones, escribí también la pregunta que falta hacer tras el aluvión de Las Condes.