Después de un desastre como el aluvión de Las Condes la pregunta que aparece es siempre la misma: ¿se pudo evitar? Conviene separar dos cosas que se confunden. Una es predecir el momento exacto en que una quebrada se activa, que es casi imposible. Otra muy distinta es conocer el riesgo de un territorio y no reducir a tiempo la exposición de quienes viven, estudian o trabajan ahí. Lo conversé en T13.
El riesgo se conocía
El fenómeno estuvo fuera de escala. Una nube convectiva que golpea el farellón cordillerano, mucha precipitación en muy poco tiempo, en el marco de un Niño que no habíamos visto antes. Que sea extraordinario no significa que fuera una sorpresa. El peligro de ese piedemonte está documentado hace años: hay estudios de peligro de la Universidad de Chile, hay informes de riesgo de Sernageomin, y el propio Gobierno Regional tiene una plataforma, Cóndor, donde se ven las zonas de inundación. El aviso meteorológico, además, cubría desde Valparaíso hasta O’Higgins. La frase que lo resume es simple: no se puede predecir, pero sí se puede prevenir.
La tormenta perfecta, y el riesgo que se fue construyendo
Varias cosas se sumaron. El cerro estaba desnudo, dañado por un incendio de mil hectáreas de un tiempo atrás, sin follaje que lo protegiera. Cayó una lluvia intensa, y cada litro de agua es un kilo de peso que baja. Las quebradas menores se activan, se juntan unas con otras en un embudo y se transforman en una lengua de agua y barro que arrastra piedras, rocas y vehículos. A eso se suma lo que decidimos como ciudad: se construyó en zona de riesgo, y no cualquier cosa. Hay infraestructura crítica en ese sector, clínicas con servicios de urgencia bajo el nivel del piso, colegios, jardines. Fuimos construyendo el riesgo nosotros mismos.
Qué se puede hacer
Lo primero es no seguir agravando el problema: restringir o prohibir infraestructura crítica en estas zonas. Por último, si no queremos ser tan restrictivos con todo, que al menos los hospitales no estén ahí. Lo segundo son las obras de mitigación, muros, piscinas de decantación, encauzamiento, las mallas que la propia alcaldía alcanzó a gestionar. Esas obras no frenan el aluvión, ganan tiempo para iniciar una evacuación cuando el evento supera lo esperado. Lo tercero es el monitoreo: radares meteorológicos, sensores, y algo tan concreto como observadores de campo cuando hay un aviso, funcionarios que estén en terreno y puedan avisar que una quebrada se está tapando. Y por último, dar a conocer el riesgo a la gente. Si mando un mensaje que dice “evacúe la quebrada honda” y la persona no sabe cuál es la quebrada honda, el trabajo previo de educar y capacitar no se hizo, y llegué tarde. Más que llenar el sector de vías de evacuación, conviene tener mapas con lugares seguros, para que cada persona sepa a dónde ir, o cuándo lo correcto es quedarse y subir a un piso alto.
El mensaje SAE: una herramienta que necesita una definición
El SAE llegó a Chile después del 2010 como apoyo a la evacuación. Es una herramienta de origen israelí, pensada para avisar una evacuación ante misiles, con unos 90 caracteres para decir “evacúe”. Con el tiempo empezó a usarse para otras amenazas, volcanes, incendios, aluviones, y también en estado preventivo. Ahí hay una definición pendiente: o lo usamos solo para evacuar, o también de manera preventiva, pero con una función clara. El SAE refuerza la evacuación y funciona mejor acompañado, con la señal en la televisión, en la radio, en pantallas. Pero evacuar no siempre es lo correcto. Si el flujo ya está bajando por las calles, mandar a la gente a la calle puede ser más peligroso, porque la vía es la zona de mayor riesgo. A veces el mensaje tiene que ser refúgiese, no salga. En este caso, además, no había información de radar que permitiera decir cuánta agua iba a caer y dónde, porque esa red todavía no la tenemos.
Después de la guerra todos somos generales
Es fácil, una vez que todo pasó, decir qué se tendría que haber hecho. Quien estaba a cargo tenía los ojos puestos en muchos lugares a la vez, con la información que había en ese momento, que no es la que tenemos hoy. Por eso prefiero no repartir culpas y sí sacar lecciones. La más importante es que todo esto, conocer el riesgo, ordenar el uso del suelo, construir las obras, preparar el monitoreo y la evacuación, funciona cuando existe detrás un plan de reducción del riesgo de desastres bien hecho. Es lo que convierte un conjunto de buenas intenciones en decisiones tomadas a tiempo. Lo mismo lo analicé, desde la prevención y desde el rol de la alerta, en el caso del aluvión de San Carlos de Apoquindo.
Y sobre si ese riesgo estaba realmente en el plan comunal, con mapa y acciones, lo desarrollé en la pregunta que falta hacer.