Hay una soledad que casi nadie ve. No es la del día de la emergencia, cuando llegan las autoridades, las cámaras y los ofrecimientos. Es la de antes. La de los años en que uno intenta que el país se prepare para algo que todavía no ocurre.
La viví como Director Regional de ONEMI y después como Director Nacional de SENAPRED. Vuelve a mi memoria cada vez que veo lo que ha pasado estos últimos meses con las emergencias de origen hidrometeorológico. Regresan las mismas imágenes: reuniones, propuestas, cifras, la convicción de que se podía hacer algo distinto, y una respuesta que casi siempre era la misma.
Intentamos, más de una vez, mejorar la red de estaciones meteorológicas de un país que tiene más de cuatro mil kilómetros de largo y que se monitorea con demasiados vacíos. Propusimos radares meteorológicos que permitieran ver la lluvia antes de que cayera y ganar tiempo en la última milla (ese tramo final en que la alerta tiene que llegar a la persona antes que el agua). Buscamos modernizar los sistemas de comunicación de emergencia, las interfaces para reportar en tiempo real lo que ocurría a lo largo de Chile, y las plataformas para que cada comunidad encontrara en un solo lugar sus puntos de encuentro, sus vías de evacuación y los albergues habilitados, sin tener que perseguir esa información dispersa en distintas redes sociales el día que más importa. Nada de eso era un lujo. Era lo mínimo para no llegar tarde.
La misma puerta, año tras año
La respuesta, casi siempre, fue una puerta cerrada, y esa puerta aparecía en el mismo lugar: la Ley de Presupuestos. Año tras año, cuando llegaba su discusión y pedíamos recursos para mejorar el sistema, la respuesta se repetía casi textual. No hay recursos para eso. En más de una ocasión la instrucción no era siquiera mantener lo que había, era recortar. Buenas intenciones, buenas palabras, gestos de acuerdo en la sala, y después el silencio del presupuesto. La gestión del riesgo compite por recursos con todo lo demás, y pierde, porque su resultado no se ve.
La prevención no vende. No corta cintas y no se inaugura, y eso, en la lógica de la atención pública, la deja siempre en el último lugar de la fila. Y no es un problema político. Lo he visto con gobiernos de distinto signo, con la misma puerta cerrándose en el mismo lugar. Es algo más profundo, casi cultural. Si un muro de contención resiste la crecida, si una piscina de decantación retiene el material que baja por la quebrada, nadie lo aplaude. Se supone que para eso estaban. El éxito de la gestión del riesgo es un desastre que no ocurrió, y a un desastre que no ocurrió nadie le toma una fotografía.
Cuando por fin llegan todos
Por eso la atención llega tarde, cuando ya hay daño. El día de la emergencia todos están presentes. Se abren recursos que durante años no aparecieron. Se anuncian obras que se habían pedido mucho antes. Y quien conoce la historia previa entiende que buena parte de ese costo era evitable. La factura que se paga en pérdidas, y a veces en vidas, suele ser la misma que no se quiso pagar antes en prevención, cuando era más barata y nadie miraba.
Esa misma foto muestra otra cara del problema. En plena emergencia, más de una autoridad sin mayor conocimiento técnico, un parlamentario, un alcalde, aprovecha el momento para exigir estados de excepción, zonas de catástrofe y hasta declaraciones que inventa sobre la marcha, sin siquiera saber para qué sirven ni cómo se aplican. Se pide el instrumento como gesto para la foto, no como herramienta para decidir. Ese es, en más ocasiones de las que uno quisiera, el nivel con que se enfrentan las decisiones cuando el territorio ya está golpeado.
Esa misma liviandad se traslada a la pantalla. Los canales de televisión abren sus estudios a pseudoespecialistas que nunca han estado dentro de una emergencia, que jamás tomaron una decisión con vidas de por medio, y que hablan del tema con una soltura que impresiona. Anticipan lluvias históricas y leen una captura de internet como si fuera un pronóstico oficial, y con eso alcanzan a poner nervioso a un país entero sin hacerse cargo de nada después. La voz de quien de verdad estuvo en el comité a las tres de la mañana rara vez tiene el mismo micrófono.
No escribo esto con amargura. Lo escribo porque esa soledad tiene consecuencias concretas para la gente. Cada estación que no se instaló es una alerta que llega con menos tiempo. Cada plataforma que no se levantó es una comunidad que, el día del evento, no sabe hacia dónde correr. La soledad de quien gestiona el riesgo termina siendo la soledad de las personas cuando el agua ya está en la puerta.
Lo que sí se puede cambiar
Lo que sostiene esta convicción es que sí se puede cambiar, y no depende solo de grandes presupuestos. Depende de decidir que la prevención también merece atención cuando no hay ninguna emergencia en pantalla. De medir el logro por lo que no pasó. De entender que preparar a un territorio es una obra tan seria como cualquier otra, aunque nunca tenga su ceremonia de inauguración.
He aprendido que en este oficio uno rara vez recibe aplausos, y que el mejor día es aquel en que no pasó nada. Cuesta acostumbrarse a que el reconocimiento aparezca solo cuando algo falla. Mientras más personas entiendan que prevenir es proteger, menos solitario será este trabajo. Y menos sola quedará la comunidad el día en que, otra vez, el cielo se ponga en contra.