En gestión del riesgo de desastres uno termina moviéndose entre dos extremos, y lo he visto muchas veces en terreno. Por un lado, la improvisación de la emergencia: sacos de arena a medianoche, un talud que arma la excavadora tres horas antes de que baje el agua. Por el otro, la obra definitiva: el muro aluvional de hormigón, la piscina de decantación, el encauzamiento calculado por ingeniería. Lo primero se hace tarde y aguanta poco. Lo segundo se hace bien y aguanta, pero toma años de estudio, financiamiento y construcción. Entre esos dos tiempos hay un espacio donde la gente se inunda, pierde su casa o queda aislada. Ese espacio, durante mucho tiempo, no tuvo una respuesta seria. Hoy la tiene.
Eventos excepcionales piden respuestas del mismo tamaño
El clima que usábamos como referencia dejó de servirnos. Los eventos que antes clasificábamos como excepcionales se repiten, y cuando llegan lo hacen con otra intensidad y en menos horas. Un sistema frontal que descarga en una tarde lo que antes caía en dos días no se maneja con el mismo repertorio de siempre. Seguir respondiendo con los métodos de hace veinte años, cuando la amenaza ya cambió de escala, es planificar para un país que dejó de existir.
Y no es una abstracción. Este invierno la Dirección Meteorológica de Chile confirmó la instalación de El Niño, algo que los modelos internacionales venían anticipando desde varios meses antes, con una probabilidad cercana al 90% de escalar a un evento muy fuerte. Ese fenómeno ya se traduce en precipitaciones sobre lo normal desde el norte hasta el extremo sur, y las proyecciones lo mantienen activo e intensificándose hacia la primavera. Lo hemos venido advirtiendo en estas mismas notas. Cuando una señal se ve venir con tanta anticipación, insistir con las herramientas de siempre ya no se sostiene como prudencia.
Si el evento es excepcional, la medida también tiene que serlo. Y excepcional no significa improvisada, significa nueva. Aquí vale la pena detenerse, porque suele malentenderse: esto no exige grandes cantidades de dinero ni una obra de años. Buena parte de esta tecnología es rápida, está disponible en el país y cuesta bastante menos que una vivienda perdida o un sector aislado. El obstáculo real casi nunca es el presupuesto, es atreverse a usarla. Incorporarla es actuar rápido y con criterio mientras los procesos formales (los estudios y la construcción de las obras mayores) siguen su curso normal. Esos procesos no se pueden saltar ni conviene apurarlos mal. Lo que sí podemos es dejar de esperarlos con las manos vacías.
La barrera que nació para la guerra y sirve para el agua
La tecnología es conocida. La barrera modular HESCO es un contenedor plegable de malla de acero con un forro de geotextil que se despliega en pocas horas y se rellena en terreno con el material que haya a mano, tierra, arena o grava, usando la misma maquinaria que ya está en la faena. La inventó en 1989 un exminero inglés para control de erosión, y con los años se hizo conocida en zonas de conflicto por su resistencia a explosiones y proyectiles.
Lo que nos interesa es el otro camino que tomó. Tras el huracán Katrina, en 2005, el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos las usó para cerrar brechas en los diques de Nueva Orleans, y en un punto la barrera resistió la marejada donde un muro de hormigón contiguo había colapsado. Días después, con el huracán Rita entrando al Golfo, las volvieron a desplegar como contención de emergencia en los diques mayores.
El caso que más se parece al nuestro vino después. En el oeste de Estados Unidos, tras los grandes incendios, estas mismas barreras se instalan para desviar los flujos de detritos que bajan de las laderas quemadas cuando llega la primera lluvia intensa. Se han tendido decenas de kilómetros en California, Nuevo México, Arizona y otros estados para proteger viviendas e infraestructura de esos aluviones. Es el mismo fenómeno que conocemos acá, una quebrada que se activa y baja cargada de agua y material directo contra un sector poblado. La lógica que la vuelve valiosa en gestión del riesgo es simple: se instala rápido, se rellena con lo que hay, y cuando pasa la temporada se retira o se reubica.
Y no hay que irse tan lejos para verlo funcionar. En febrero de 2019, durante el invierno altiplánico, me tocó pasar la noche entera y la madrugada trabajando junto a la Dirección de Obras Hidráulicas en la construcción de muros de contención para evitar que el agua llegara al poblado de La Tirana, en Tarapacá. Fue un pretil de más de ocho kilómetros que terminó frenando el agua antes de que entrara al pueblo. Funcionó, pero lo hicimos improvisando de noche, con todo el riesgo que eso implica. Si hubiésemos contado con este material con anticipación, esos muros se habrían montado antes del evento, con luz y sin exponer a nadie. Ese es el tiempo que una barrera lista de antemano permite ganar.
Por qué es un punto medio y no un reemplazo
En este rubro exagerar es peligroso, y hay que decirlo con todas sus letras: una barrera modular no reemplaza al muro aluvional diseñado ni a la piscina de decantación. Un flujo de detritos con bolones y energía alta necesita obras de ingeniería mayores, y eso no se discute. Lo que hace esta tecnología es cubrir el intervalo que hoy dejamos vacío: proteger un sector poblado, una posta, un puente o un punto crítico durante el evento que viene, mientras los organismos técnicos del Estado desarrollan la obra de gran envergadura que sí toma años.
Ese «mientras tanto» es la parte que se muere en el papel. Un proyecto de contención aluvional pasa por estudio, RS, licitación y ejecución. En el intertanto caen dos, tres, cuatro inviernos. La barrera modular permite llegar con algo real a ese sector antes de que la obra definitiva exista, y permite decidir por dónde queremos que corra el agua en vez de quedarnos mirando por dónde eligió correr.
El calendario del agua no espera al calendario del Estado
En Chile no tenemos una temporada de amenaza, tenemos dos. El sistema frontal de invierno en el centro y centro-norte, y las precipitaciones estivales del altiplano en el extremo norte, el invierno altiplánico (o invierno boliviano, como le decimos comúnmente en Chile), que activa quebradas secas en cuestión de horas. Ninguno de los dos espera el ciclo presupuestario de una obra mayor.
Ahí está el cambio de fondo. Cuando la única alternativa entre el saco de arena y el muro definitivo es esperar, la decisión termina siendo no hacer nada y cruzar los dedos. Cuando existe una tecnología que se despliega en horas y se puede tener prepositada antes de la temporada, la conversación cambia. Ya no es si alcanzamos a construir el muro, es qué protegemos esta temporada mientras el muro se construye.
Lo que falta no es la tecnología
La barrera existe. Está probada, certificada y ya desplegada en territorio nacional. Lo que falta es incorporarla al pensamiento de la prevención y no solo al de la seguridad, y decidir usarla antes del evento y no después, cuando ya estamos contando viviendas anegadas.
Preparar no es predecir. No sabemos con exactitud cuánta agua va a caer ni en cuántas horas. Pero sí sabemos dónde están las comunidades expuestas, cuáles son las quebradas que se activan y cuánto demora una obra definitiva en llegar. Con esos tres datos, tener una barrera lista antes de la temporada deja de ser un lujo y pasa a ser una decisión de gestión. La tecnología ya está sobre la mesa. Lo que sigue pendiente, como casi siempre en esto, es decidir.
Hagamos que el estado preventivo de emergencia sirva para algo y deje de ser solo un documento con bonitas palabras.