Álvaro Hormazábal L
Director de HOLO Consultores
Del informe que Japón entregó sobre Caracas a las amenazas que ya conocemos bajo nuestras propias ciudades.
En marzo de 2005, una delegación técnica japonesa entregó al más alto nivel del Estado venezolano un documento voluminoso: el Estudio sobre el Plan Básico de Prevención de Desastres en el Distrito Metropolitano de Caracas. Tres años de trabajo de la Agencia de Cooperación Internacional del Japón junto a especialistas venezolanos, con modelamiento sísmico, escenarios basados en los terremotos históricos de la ciudad, evaluación de deslizamientos e inundaciones, y un plan concreto de medidas. No era una profecía. No anunciaba una fecha ni predecía un terremoto. Hacía algo más sobrio y más útil: advertía, con rigor científico, que Caracas es una ciudad altamente vulnerable, y ofrecía una hoja de ruta para reducir ese riesgo.
El conocimiento existía. Era formal, estaba bien fundado y fue entregado en la instancia decisional más alta posible. Y sin embargo, entre esa entrega y la acción se abrió una brecha. La misma brecha, silenciosa y familiar, que reaparece una y otra vez en la gestión del riesgo de desastres.
Vale la pena detenerse en ese punto, porque suele malinterpretarse. Cuando ocurre un desastre, la reacción habitual es preguntar «¿cómo nadie lo vio venir?». Pero en la enorme mayoría de los casos, alguien sí lo vio venir. La ciencia lo había estudiado, la academia lo había publicado, y muchas veces los propios instrumentos de planificación —los planes de emergencia, los planes para la reducción del riesgo de desastres— ya lo habían consignado. El problema rara vez es la ausencia de conocimiento. El problema vive en el espacio que separa la producción de ese conocimiento de la decisión que debería incorporarlo.
Conviene nombrar bien el fenómeno. En prospectiva llamamos «cisne negro» a un evento de alto impacto y baja probabilidad percibida, difícil de anticipar. Pero la mayoría de estos desastres no son cisnes negros. Son, más bien, lo que Michele Wucker llamó «rinocerontes grises»: amenazas que vemos con claridad, de alta probabilidad y alto impacto, y que aun así elegimos no enfrentar. No fallan porque la señal sea débil. Fallan a pesar de que la señal es fuerte, está firmada y, como en Caracas, fue entregada en propia mano.
¿Por qué persiste esa brecha?
Hay razones estructurales, y ninguna requiere buscar culpables individuales para entenderla.
La primera es la paradoja de la prevención: cuando la prevención funciona, no pasa nada. Y lo que no pasa no aparece en los titulares ni en las cuentas públicas. Una obra de mitigación exitosa se ve, para el ojo desprevenido, como un gasto sin resultado. La reacción tras la tragedia, en cambio, es visible, agradecida y fotografiable. Los incentivos, sin proponérselo, premian el reaccionar por sobre el anticipar.
La segunda es un desajuste de tiempos. La geología y el clima operan en escalas de décadas, siglos y milenios. Las decisiones institucionales y presupuestarias operan en escalas mucho más cortas. Una falla que «podría» activarse en las próximas décadas compite, en la mesa de prioridades, con urgencias que vencen este mes. Y casi siempre pierde.
La tercera es psicológica y política, y es la más honesta de reconocer: el «esto no va a pasar» o que lo vea el “gobierno que sigue”. No aquí, no ahora, no en este período —y ese «no en este período» es, en sí mismo, la dimensión política del asunto: el horizonte de una gestión rara vez coincide con el horizonte del riesgo—. Es el sesgo de optimismo aplicado al riesgo colectivo, la normalización de una amenaza latente que nunca termina de volverse urgente porque, hasta que ocurre, nunca ha ocurrido.
No hace falta cruzar el continente para ver el patrón. Está escrito en nuestro propio territorio.
¿Como estamos por casa?
Bajo el borde oriental de Santiago corre la falla de San Ramón, documentada por la comunidad científica como una falla activa capaz de generar un sismo de gran magnitud. Su existencia y su peligrosidad son de conocimiento público desde hace años. Y sobre su traza, y junto a ella, la ciudad ha seguido creciendo. El conocimiento está disponible; la decisión urbana todavía no lo ha absorbido del todo. Y, lamentablemente, cada nuevo estudio deja en evidencia que esa falla llega más al sur de lo que se conocía inicialmente.
En la costa central, la evacuación por tsunami ilustra la misma distancia. La zonificación existe, los planes existen, las cartas de inundación existen. Pero la densidad construida y la infraestructura sobre el primer frente costero —Viña del Mar entre tantas otras— dejan una brecha entre el plan en el papel y la capacidad real de evacuar a tiempo. Lo recordamos con el 27F de 2010: en un país que registró el mayor terremoto jamás medido por el ser humano —el de Valdivia, en 1960—, la falla del 27F no estuvo en el conocimiento sísmico, sino en la cadena de decisión y alerta.
Y en el norte, los aluviones de Atacama de 2015 arrasaron Chañaral, Copiapó, Diego de Almagro y tantas localidades asentadas sobre quebradas y planicies de inundación que llevaban décadas identificadas como zonas de amenaza. No fue una sorpresa geográfica. Fue la ocupación de espacios cuyo riesgo se conocía. Y lo más lamentable: en un recorrido hecho hace apenas algunas semanas por varias de esas comunas quedó en evidencia que nada ha cambiado. Territorios totalmente en el olvido.
Se podría seguir. La laguna sísmica del norte grande estuvo señalada por los sismólogos durante décadas antes del terremoto de Iquique de 2014. La lista es larga, y ese es exactamente el punto.
¿Cuál es entonces la lección? No es producir más informes. De informes, diagnósticos y estudios andamos sobrados. La lección es construir el puente institucional para que el conocimiento del riesgo llegue a la decisión antes del evento, y no como el informe forense que se redacta después. Ese es, precisamente, el corazón de la primera prioridad del Marco de Sendai: comprender el riesgo de desastres como base de toda decisión. Y es también lo que enseña la prospectiva: el valor de estudiar el futuro no está en adivinarlo, sino en prepararse para él.
La historia de Caracas —y la de nuestros propios casos pendientes— no es que nadie supiera. Es que saber no bastó. El desafío, para quienes trabajamos en esto, es cerrar ese último metro decisivo: el que va del escritorio del especialista a la decisión de la autoridad.
Porque la diferencia entre «esto no va a pasar» y «esto no debió pasar» se mide, casi siempre, en ese metro.